Un espacio donde no llega el sol

Juan Salazar
juan.salazar@listindiario.com
Santo Domingo, RD

Una existencia sin esperanzas está sepultada a 19 kilómetros de la bulliciosa ciudad Santo Domingo.

Son cerca de 500 familias que conviven apretujadas en 14 pabellones, adonde llegaron con el anhelo de encontrar hogares que, 60 años después, se han convertido en jaulas agrietadas con la apariencia de que en cualquier momento podrían colapsar.

Ubicado próximo al kilómetro 28 de la autopista Duarte, el sector Los Pabellones se comenzó a poblar desde 1959 con familias que procuraban asistencia médica en el hospital Rodolfo de la Cruz Lora y en el antiguo Psiquiátrico, otras que en 1979 abandonaron zonas vulnerables en el barrio La Zurza debido al paso del poderoso huracán David y una gran mayoría que vieron en esas estructuras deshabitadas la oportunidad de un hogar soñado.

Otros cuatro barrios confluyen en la zona: Los Cocos, El Tanque, La Loma y Barrio Nuevo, pero la realidad más dramática persiste en Los Pabellones, donde el hacinamiento se ve, huele y palpa en cada minúsculo movimiento, especialmente cuando se camina a tientas por los lúgubres pasillos que conducen a las “viviendas”, también con poca luz y casi nula ventilación.

Dos pabellones, llamados “Palma Sola” y “San Miguel”, están a la entrada junto a modernas edificaciones que alojan un Centro Tecnológico Comunitario y otro de Capacitación Progresando de la Vicepresidencia de la República.  Sarcásticamente la gente dice que estos dos pabellones son “penthouses” porque exhiben mejor condición que los doce restantes, donde las aguas malolientes y verdosas corren por las aceras, calles sin asfaltar y tuberías rotas. La insalubridad es mucho más grave allí porque algunas casas todavía usan letrinas para el depósito de las excretas.

Los pabellones han sido numerados para identificarlos, los impares en el ala izquierda y los pares a la derecha. Es su única diferencia, pues todos presentan un aspecto ruinoso. Y en el único alterado, el pabellón doce, al cual le abrieron un agujero en el techo del pasillo central para que entre luz solar, ahora cualquier llovizna convierte el lugar en un tormento para los vecinos debido a las inundaciones, lo que obliga a tener sobre bloques enseres como camas, estufas y armarios. Desde 1959 allí han habitado varias generaciones de familias. Algunos llegaron en el vientre de sus madres o de la mano de sus progenitores que ya fallecieron sin ver nunca un cambio en la precaria calidad de vida que heredaron a sus vástagos.


Los niños están expuestos a la insalubridad. JORGE CRUZ /

Eliezer Santana, un dirigente comunitario con 33 años residiendo en Los Pabellones, cuenta que su familia llegó al lugar desde el barrio La Zurza del Distrito Nacional, luego que su vivienda fuera arrasasa por el huracán David, el temible fenómeno atmosférico categoría cinco que en 1979 dejó a su paso por el país cerca de 2,000 víctimas y daños estimados en US$1,540 millones.

“Cada pabellón tiene alrededor de 35 familias, cada vivienda tiene un promedio de cinco personas en adelante, estamos hablando de 2,500 personas viviendo en esas condiciones, la mayoría en extrema pobreza”, expresó Santana, quien teme por las consecuencias catastróficas de un temblor de tierra debido a las precariedades en las estructuras.

Las familias
“Uhhh bastante”, “Pila de años” son algunas frases de vecinos que han olvidado hasta la fecha en que llegaron a “Los Pabellones”, como Jennifer Núñez, quien ocupa un cuartucho con su madre e hijos en el pabellón San Miguel.

Santa González, de 54 años, llegó siendo una adolescente de quince años al cuarto de un pabellón debido a que su madre estaba interna en el hospital Rodolfo de la Cruz Lora. Ocupa una habitación donde ahora habitan cinco personas, incluido un hijo especial.

Josefina Adames, de 52 años, tenía 14 años y estaba embarazada cuando llegó sola a Los Pabellones porque el padre de la criatura que esperaba la había dejado a su suerte.  Ocupó una habitación, donde ahora habita con sus tres hijos.

“Como por el marido de una hija mía que ya no vive aquí y me ayuda”, agregó sobre sus precariedades acrecentadas porque no tiene cédula y, luego de que su marido murió, dejó de percibir los beneficios de la tarjeta Solidaridad asignada a su cónyuge.

Miguelina Pereyra, con 34 años en Los Pabellones, llegó con sus padres cuando tenía un año de edad. Su única cama está sobre bloques y cuando llueve se sube con sus dos hijos allí hasta que baje el nivel de las aguas. “Lo poco que tengo me lo ha dañado la lluvia. Es un caos, dentro el agua y fuera el lodo que uno se entierra”, cuenta la madre soltera, a quien lo que más le preocupa es que sus dos hijos se enferman con frecuencia.

“Nací aquí”, exclama Nelly Batista, apodada La Mella, con tres hijos de 17, 8 y 5 años de edad, quien vive más desahogada porque construyó un anexo en el patio, uno de los pocos espacios por dónde entraba luz solar.


Esta laguna se formó al lado de una escuela.

Estudiantes también están bajo amenaza
El psiquiatra Fernando Sánchez Martínez, quien fundó el Centro Comunitario Los Cocos hace 18 años para brindar asistencia a las familias de esos cinco barrios, reveló que desarrollan diversos programas dirigidos a niños, adolescentes y adultos mayores.

“Tenemos un levantamiento de cada una de las familias de esta comunidad, cuántos son, cómo se llaman, sus edades, los principales problemas que padecen para poder atender sus principales necesidades”, indicó el profesional de la conducta.

“En Gualey, La Ciénaga, La Zurza y Guachupita aunque padecen pobreza por lo menos tienen la luz del sol, aquí ni siquiera eso”, expresó la psiquiatra Leticia Ubiñas, quien también apoya las acciones del centro comunitario que procuran brindar una mejor calidad de vida a los moradores de esos cinco barrios.

Ubiñas sostiene que allí hay una población, especialmente niños y jóvenes, que solo necesitan las oportunidades para desarrollar todo su potencial y alcanzar sus sueños en un ambiente sano y libre de tantas precariedades.

En el área que ocupa el centro comunitario cedieron una parte que funciona como una extensión de la Escuela Rafael Santos, con doce aulas, pero dos lagunas formadas por unos trabajos inconclusos de las autoridades se han convertido en una amenaza para la salud de los estudiantes.

Milcíades Montero, de 73 años y quien llegó cuando la zona era un monte, recuerda que en poco tiempo se cumplió la premonición de otro habitante tan antiguo como él, quien le dijo “la capital viene para acá”.

Algunas familias han hecho mejoras a los inmuebles, pero la mayoría no puede porque sus ingresos apenas alcanzan para comer y satisfacer otras necesidades prioritarias. Otros alquilaron sus espacios y hasta colocaron letreros “Se vende” sin expectativas de éxito, porque el deterioro de los inmuebles y el hacinamiento avanzan en paralelo sin pausa.

A la entrada de los pabellones sumidos en el olvido la vida es tan bulliciosa como fuera. Música estridente, el activismo de los negocios, los perros realengos, niños y niñas que corretean sin cesar y las prédicas y cánticos de las iglesias que intentan insuflar esperanza en medio de tantas precariedades. Paradójicamente, uno de los templos religiosos se llama “Luz en las Tinieblas”.

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