El béisbol, ese deporte que llena de orgullo y entretiene a la gran mayoría de los dominicanos, se juega sobre un terreno cargado de sueños y oportunidades, pero minado con prácticas ilegales, tramposas y mortales 

En la carrera tras las Grandes Ligas, miles de adolescentes y sus padres comprometen sus posibilidades de un futuro estable a cambio de una firma que se reserva para unos pocos y, en la ruta, algunos pierden incluso sus vidas, reducidas por el uso de las mismas sustancias a las que acuden para aumentar su rendimiento.

En una estrecha y humilde vivienda de Nizao, comunidad de la sureña provincia Peravia, a unos 60 kilómetros de la capital dominicana, cuelga de una pared la foto de Pedro Manuel Matos, conocido entre sus allegados como Juancito.

Su madre, Elisa Mercedes, muestra la imagen con dolor, el mismo que se le instaló en el alma aquel 4 de abril de 2013 cuando en la emergencia de un hospital municipal, un médico le indicó que ya su hijo, único varón y su primogénito, había fallecido.

Las lágrimas no han cesado desde entonces y su voz sigue tan quebrada como su salud. La imagen de su hijo, de 16 años, ataviado de pelotero y que camina por la calle del sector hasta perderse en una esquina, siguen carcomiéndola por dentro.

Juancito salió rumbo al play de la localidad de Sabana Grande, Nizao, a entrenarse y -como contaron luego a su familia sus compañeros de práctica de aquel día- cayó al suelo mientras corría en el campus.

El diagnóstico del médico, confirmado a la familia un par de meses después por el certificado de autopsia, decía que la muerte se produjo por un paro cardíaco. Elisa y sus familiares están convencidos de que la razón fue una inyección que le pusieron a Juancito.

“Ellos eran dos chicos primos míos que eran de la misma edad. El muerto (sic) le dijo al otro primo que a él lo inyectaron, que le pusieron algo marrón con otra cosa; eso fue el martes y él se lo dijo el miércoles. Entonces, cuando el muchacho se murió, el otro primo llorando fue que dijo que sí, que lo habían inyectado. Decía: ‘¡Ay, Yessy! Él me dijo a mí que lo habían inyectado, que le pusieron algo marrón’”.

Yessy es sobrina de Elisa y se le une para cuestionar por qué los entrenadores de su primo, que siempre le visitaban en la casa y hasta comían con ellos, no han vuelto a entrar a la vivienda desde entonces y ni siquiera acudieron al velatorio de Juancito.

El tema de las inyecciones para aumentar el rendimiento se escucha casi como una leyenda entre los jóvenes beisbolistas dominicanos. Se habla de los casos de peloteros de las Grandes Ligas que han dado positivo a las pruebas de dopaje como Alex Rodríguez, Manny Ramírez, Nelson Cruz, Robinson Canó o Bartolo Colón, pero también se comentan casos del patio. Asimismo, se cuentan los fallecidos.

Cada joven prospecto o aspirante al que se le preguntó del tema para esta investigación era capaz de mencionar, cuando menos, dos nombres de los medicamentos o sustancias más comunes para doparse y algunos hasta el precio ofrecen.

Winstrol (estanozolol) y Caballín (medicamento veterinario) son comunes entre jóvenes, y los entrenadores amplían la lista con Deca-Durabolín y Testogan, aunque son pocos los que mencionan nombres concretos de chicos que los hayan usado.

Los medicamentos mencionados corresponden al grupo de hormonas esteroides que, además de estar prohibidas por la MLB, son de uso controlado y su venta es bajo prescripción médica pero, como comprobó Diario Libre en esta investigación, se expenden al público de forma libre tanto en farmacias como en veterinarias.

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La falta de control para el expendio es una pregunta que el Ministerio de Salud Pública evadió responder cuando se le formuló a través de su Oficina de Acceso a la Información.

En el país se importa un promedio de US$1 millón en hormonas esteroides cada año. Datos estadísticos de la Dirección General de Aduanas muestran que entre enero de 2010 y diciembre de 2018 las empresas importadoras trajeron sustancias tipo hormonas esteroides, sus derivados y análogos, por un monto de US$8,942,246.17.

De las que tienen registro en Salud Pública, casi todas las hormonas esteroides, con excepción del lovonorgestrel, requieren de prescripción médica para su venta, pero ese Ministerio (conforme respondió a la solicitud de Diario Libre) no tiene control de cuánto se prescriben en el país.

“(…) por medio de la presente les comunicamos que no es competencia de la Digemaps (Dirección General de Medicamentos, Alimentos y Productos Sanitarios) llevar ese dato”, respondió el Ministerio a la pregunta de qué tanto reportan las farmacias y los demás prestadores de servicios de salud sobre la venta o prescripción de este tipo de hormonas.

Se insistió por teléfono con el Ministerio de Salud sobre otro departamento que maneje el dato, pero el personal que atendió la llamada dijo desconocer que se tenga ese registro.

Un esteroide anabólico es una sustancia que tiene utilidad médica. Un entrenador personal certificado, que pidió reservas de su nombre, explica que sus efectos en un pelotero menor de edad serían hormonales. “Le puede ayudar con el crecimiento, no se cansa y gana mucha masa muscular, pero al ser un niño, los tendones, los ligamentos, eso se queda como es, se queda débil, y por eso es que vienen las lesiones. Si deja la sustancia y no le hacen un post-ciclo para regular la hormona, se pone gordo, con senos, se daña el cuerpo”.

En el siguiente video animado se explica más sobre los efectos de los esteroides en el cuerpo humano.

En Nizao, un municipio de apenas 44.3 kilómetros cuadrados de superficie y con una población que al momento del Censo Nacional de 2010 era de 13,240 habitantes, se conocen otros dos casos de jóvenes que murieron mientras practicaban béisbol.

Elena Pérez recuerda con orgullo a su hermano Roberto, un joven alegre de 19 años que prometió sacar a la familia y a sus vecinos más cercanos de la situación de pobreza en que vivían en el batey Maco Verde. Contaba para ello con la firma de un equipo de Grandes Ligas que su entrenador le aseguró ya estaba acordada.

Pero la muerte se le adelantó. El 3 de noviembre de 2011 Roberto cayó mientras corría en el campus de juego. Elena afirma que él se inyectaba Caballín y que eso lo mató. “Falleció en el hospital y tuvieron que mandarlo para Azua a hacerle la autopsia. Mi hermano (el mayor) fue el que fue, pero a él le dijeron que él (Roberto) se había inyectado con varias inyecciones y la última que se puso le aceleró el corazón y le dio un paro”.

Recuerda que cuando la familia recibió, varios meses después, el reporte de autopsia, la causa de la muerte se atribuía a un paro cardíaco, pero también se indicó que Roberto tenía unos 49 puyones en una pierna. Era la misma pierna de la que el joven pelotero se quejaba de dolor días previos a su muerte. Elena narra que un día su hermano le dijo: “¡Ay!, ¡yo creo que me voy a morir, ya no aguanto el dolor!”.

El otro caso que se menciona en la comunidad es el de Antony Valdez, quien falleció el 6 de junio de 2011, también mientras corría en el play, pero su padre, Quirico Antonio Valdez, asegura que su niño no se inyectaba.

Sustenta su afirmación en el certificado de autopsia que dice que fue por un paro cardíaco. Además, porque la madre del niño le comentó, días después del deceso, que él nació con una cardiopatía y los médicos le habían advertido que moriría al cumplir los 20 años.

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